Mi cordoma se descubrió por pura casualidad. Estaba en proceso de licenciación del ejército y me hicieron una RM debido a una espondilosis lumbar. Durante esa prueba, los médicos detectaron un bulto en el sacro que requería más pruebas. Tras dos biopsias, me diagnosticaron un cordoma sacro.
Uno de los mayores retos fue la escasa información disponible. Había tantas incógnitas que me resultaba increíblemente difícil intentar comprender qué significaba el diagnóstico y cómo podría ser mi futuro.
Afortunadamente, no tuve que desplazarme para recibir tratamiento. Tuve mucha suerte de poder recibir la atención médica aquí mismo, en Canberra.
El diagnóstico supuso un shock para todos, ya que solo tenía 38 años y, por lo demás, estaba en buena forma y gozaba de buena salud. A nivel emocional, fue difícil tanto para mí como para mi familia asimilarlo todo. Había mucha incertidumbre, sobre todo mientras esperábamos a que concluyeran la cirugía y la radioterapia, con la esperanza de que tuvieran éxito.
La investigación es importante porque ayudará a los futuros pacientes al ofrecerles opciones de tratamiento más definitivas y una mayor tranquilidad. Cuanto más comprendamos el cordoma, más confianza tendrán los pacientes y sus familias a la hora de tomar decisiones sobre su tratamiento.